Los conflictos familiares
Los conflictos están
presentes de forma inevitable en todos los ámbitos de nuestra vida y, por
tanto, también en las familias. Puede decirse que, si hay vida, se producirán
con toda seguridad conflictos; por el contrario, la ausencia de conflictos señala
una vida anodina, de baja calidad, mortecina, agotada, próxima a la
desaparición de la persona y del grupo.
SI los conflictos se
enfocan y gestionan de manera inadecuada, pueden entonces acarrear un gran daño
a las personas, haciendo imposible la convivencia entre grupos y sujetos, entre
los miembros de la familia. Pero, si se saben enfocar adecuadamente, pueden ser
una herramienta muy útil para el desarrollo personal y grupal, para la mejora y
solución de las dificultades que conlleva la convivencia. El problema es que
casi nunca nos han enseñado cómo abordar de forma positiva los conflictos, se
trata de algo que hemos ido aprendiendo desde la práctica, a base de ensayo y
error.

El
problema no es la existencia de los conflictos en el seno de la familia.
El problema es la forma que tenemos de abordar los
conflictos.
QUÉ SON LOS
CONFLICTOS??
Puedes preguntar a tu
pareja, a tus amigos, a tus compañeros de trabajo qué son los conflictos, que
los definan con una sola palabra. Seguro que te dirán que son lucha, pelea, dificultades,
confrontación, enfrentamiento, combate… y otras palabras parecidas. Algo parecido
dice el Diccionario de la Real Academia cuando lo define como “combate, lucha, pelea”,
“enfrentamiento armado” o “apuro, situación desgraciada y de difícil salida”.
Podemos analizar algunas situaciones de conflicto y tratar de ver qué
tienen en común:
El
padre y la madre discuten con su hija adolescente la hora de llegada a casa el
sábado por la noche, sin conseguir ponerse de acuerdo. “A
mis amigas les dejan sus padres llegar mucho más tarde. No entiendo cómo podéis
ser tan cerrados”, dice la hija.
El padre encuentra dos cigarrillos en
la mochila de su hija y se dirige muy preocupado a su habitación: “¿No
habrás empezado a fumar?”.
La hija le contesta de malos modos, se enzarzan en una discusión y sale de casa
dando un portazo
En todas estas
situaciones, frecuentes en las familias, se percibe que hay claras diferencias entre
los planteamientos de las distintas personas y grupos, que tanto unos como otros
perciben y valoran el comportamiento de la otra parte como un obstáculo que les
impide lograr sus objetivos y satisfacer sus necesidades y que las expresiones
que utilizan no son neutrales, sino que están cargadas de emociones y
sentimientos.
Las personas somos
interdependientes, necesitamos el apoyo y los recursos de los demás. Por eso
vivimos juntos. Es lógico que en esta situación de interdependencia no siempre salgan
las cosas como nos gustarían; no siempre nuestros deseos pueden ser satisfechos,
va a haber frustraciones.
Además, las personas
somos todas diferentes, tenemos nuestra propia biografía, con formas de
percibir, pensar, sentir y actuar diferentes que nos llevan a ver el mundo, la
vida y la convivencia familiar de modo diferente. No siempre sabemos expresar adecuadamente
estas diferencias, utilizamos experiencias cargadas de emociones y
sentimientos, y todo ello agrava la situación.
Todas las personas
pertenecemos a distintos grupos que, sin darnos cuenta, nos ponen unas “gafas
de ver la realidad”; desde esta óptica vemos los que sucede y esto se puede traducir
en conflictos en la familia originados en la familia de la que procede cada uno
de sus miembros, o en el grupo religioso de origen. Ser conscientes de estos
factores ayudará a relativizar las cosas y poder buscar una solución a estos
enfrentamientos.
A partir de estas
consideraciones podemos establecer esta definición de conflicto:
Estas posiciones,
valores, intereses… no son sólo diferentes sino que chocan entre sí.
Las emociones y
sentimientos juegan un papel importante en el desarrollo del conflicto, dando
color a las comunicaciones y conductas de ambas partes.
Un padre habla con su
hijo acerca de los amigos con los que sale. No le gustan y quiere que salga con
otra gente. “Te puedes poner como quieras. Son mis amigos y no pienso
dejarlos. No es asunto tuyo”.
Tres son las
estrategias que se pueden emplear en la gestión de los conflictos: ganar- perder,
perder -perder
y ganar-ganar.
Ambas partes consideran
que los objetivos, intereses o necesidades de la otra parte son contrarios a
los propios y que es imposible lograr ambos a la vez. Por ello, alguien tiene
que ganar y alguien tiene que perder, alguien consigue satisfacer sus
necesidades mientras que el otro no lo consigue. Esta estrategia se usa muy
frecuentemente en la vida, pero suele tener graves consecuencias, sobre todo
para aquellos que resultan perdedores.
En el ejemplo antes
recogido, el padre ganaría si, imponiendo su criterio sin más, hiciera que el
hijo abandonase a sus amigos. Lo mismo sucedería si el hijo siguiera con sus amigos
sin atender para nada el criterio del padre, sólo porque sí.
La segunda estrategia posible
es la de perder-perder. En ella ninguna de las partes consigue sus objetivos o logra la
satisfacción de sus necesidades. Ninguna obtiene realmente lo que quiere pero,
por absurdo que pueda parecer, las partes se empeñan en su planteamiento y lo
mantienen a pesar de las consecuencias que se derivan de él mismo. Como dice un
viejo refrán, “yo me quedo tuerto si el otro se queda ciego”. También conlleva consecuencias
negativas para ambas partes que influirán gravemente en la relación hasta hacerla
desaparecer. En nuestro ejemplo, padre e hijo pueden entrar en una estrategia
de perder-perder: el padre le prohíbe salir de casa si no cambia de amigos, el
hijo se encierra en la habitación, el padre se queda para vigilar que cumpla el
castigo, ambos dejan de hablarse…
La tercera estrategia
es la de ganar-ganar. Con ella ambas partes expresan cuáles son sus necesidades y buscan
satisfacerlas de la manera más conveniente para ambas y tratan de lograr las
metas que son importantes para las dos partes. Se busca derrotar el problema y
no a las personas, a las que se respeta. Para ello, se desarrolla una actitud
de apertura hacia los hechos y hacia las distintas alternativas posibles para
solucionar el conflicto.
Esta estrategia se basa
en la
cooperación,
no en la competición. El ejercicio de esta estrategia se basa en cuatro pasos
fundamentales:
preguntar por lo que
quiere y necesita la otra parte,
explorar cómo se pueden
encajar las diferencias,
imaginar las opciones
posibles para atenderlas y
desarrollar una actitud
de cooperación y no de competición.
Es la estrategia más útil
para la transformación pacífica de los conflictos. Y ésta es la que pueden plantearse
el padre y el hijo recorriendo el itinerario que plantean esos cuatro pasos fundamentales

